Errores felices
A veces, uno se crea opiniones sobre la forma en que son las cosas y el motivo de que sean así. Yo admito que no suelo ser flexible en mis ideas y que, con mucha crueldad niego las razones que otros tienen para contradecirme, pero a veces pasan cosas como las que voy a contar ahora que me hacen dudar de todo lo que digo y hago.
Ayer estaba esperando el colectivo en la terminal. Faltaban cuarenta minutos para que saliera así que me senté en una fila de sillas en el medio de la sala y saqué un libro. Después de un rato de leer, me dolían los ojos por la falta de luz así que desistí y, para entretenerme, empecé a mirar a los que – como yo – esperaban el colectivo.
Había una señora moviendo un cochecito de bebé hacia adelante y hacia atrás, creando un chirrido irritante con cada movimiento. Al parecer, yo era la única perturbada por el sonido porque nadie más le lanzó miradas asesinas. Pero más allá de la señora insoportable que intentaba dormir a un infante al tiempo que producía un ruido infernal, vi una pareja de personas maduras sentadas justo en frente mío. Al principio no me parecieron una pareja muy linda. No eran del tipo tierno y perfectito que uno ve en la calle y dice “guau, son los dos tan parecidos que hacen una pareja perfecta”. Yo hubiera dicho, por la primera impresión que me causaron, que no eran prácticamente una pareja. No los vi darse la mano, ni abrazarse. Intercambiaron pocas palabras y, de tanto en tanto, él se levantaba dejándola sola. Pero fue un instante, un segundo en el que los dos se miraron y la expresión de la mujer era completamente transparente; como si, al contacto con la vista de él, un fuego se encendiera dentro suyo y todo lo que vi fue amor y ternura en ella y sinceridad en él. Y, por una extraña razón, me sentí feliz.
Hoy, mi tía me contó de su nuevo novio. Vivió 20 años sin un hombre al lado por desconfianza y porque perdió la fe. Así y todo este hombre que, según ella, es un caballero y un verdadero romántico encontró el camino hasta su corazón y su cama. Ahora mi tía es feliz y, cuando me habla de este hombre, parece que nunca hubiera sido más joven y hermosa. Me dio la impresión de estar hablando con una adolescente enamorada e inocente cuando escuchaba todas sus proezas amorosas. Y, por una extraña razón, me sentí feliz.
Ayer a la tarde, fuimos juntos a la costa. Vimos las olas romper con furia contra las escolleras y le pedí que saliéramos a disfrutar del mar. Se negó con gracia al principio y con seriedad ante mi insistencia, pero no me importó. Hablamos de la vida, de Ricardo Fort, de las vacaciones y de la distancia que implicaban… Nos hizo sentir un poco tristes y yo traté de teñir mi desesperación con bromas pero él es perceptivo y no lo logré. Me llenó de besos que prometían un reencuentro y aseguraban una despedida larga y nos fundimos en un abrazo que me entibio hasta el corazón. Y, por una extraña razón, me sentí feliz.
Cuando lo pienso, creo que mis ideas eran terriblemente equivocadas. Quizás, la felicidad no es alcanzar las metas, cumplir objetivos… o al menos no es sólo eso. Quizás no se puede definir lo que pensamos del amor por las experiencias que tuvimos, sino por lo que se ve a diario. Me siento una farsante diciendo que es posible que todo sea bueno en la vida si uno da y recibe un poco de afecto, pero sino ¿Cómo explico lo que siento?
Quizás una pareja feliz no tiene que estar demostrando amor públicamente; puede que una mirada, como un relámpago, dirigida a quien la sabe interpretar sea más significativa que todas las palabras del mundo reunidas. Tal vez, ser feliz por amor te quite años de encima y depositar tu confianza en alguien te devuelva parte de la inocencia que se pierde con los años. O también, puede que el amor sea eso que nos une – a pesar de nuestras tantas tantas diferencias – y que nos hace la pareja inadecuada más perfecta de todas. Quizás, la felicidad, elusiva y efímera como suele ser, no es más que un conjunto de pequeñas cosas que hacemos sin darnos cuenta, a la espera de que alguien más o de que nosotros mismos lo notemos. No sabría decir cuál es la respuesta correcta porque no sé las palabras apropiadas y eso me tortura, pero, por una extraña razón, me siento feliz.
